Cuando Francisco Camerlingo llegó de Italia a la Argentina, se instaló en la ciudad de Buenos Aires y rápidamente comenzó a dejar su huella en el país. Ya en el año 1904 fue convocado para trabajar en una de las obras más emblemáticas de la nación: la construcción del Congreso de la Nación Argentina, participando activamente en un proyecto que marcaría un hito en la historia arquitectónica y política del país.
Siguiendo ese legado, su hijo Luis Camerlingo, ingeniero civil, continuó el camino profesional de la familia. Se estableció en las Sierras de Córdoba, donde se destacó especialmente durante la década de 1930. Apenas arribó a la provincia, fue contratado para hacerse cargo del antiguo Dique San Roque, una obra clave para el desarrollo de la región. Hasta la construcción del nuevo dique, Luis Camerlingo fue el ingeniero responsable de su funcionamiento y mantenimiento, desempeñando un rol fundamental en la infraestructura hídrica cordobesa.
La tradición familiar continuó con sus hijas, Clara y Luisa Camerlingo, quienes también eligieron dedicarse a la arquitectura. Ambas desarrollaron una prolífica carrera profesional, ejecutando un sinnúmero de obras tanto en las sierras de Córdoba como en la ciudad de Buenos Aires, consolidando así la presencia de la familia en distintos puntos del país.
Finalmente, este legado se proyecta hasta la actualidad a través de su bisnieto, Gabriel Correa Camerlingo, quien se destacó por su participación en la puesta en valor de la Manzana Jesuítica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Además, ha llevado adelante numerosas obras en las provincias de Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe y Neuquén, así como también en otros países, reafirmando una tradición familiar ligada al compromiso con la arquitectura, la ingeniería y el patrimonio histórico.